Mi casa

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cuando quiero salir de mi casa se me cierra la garganta, se me agranda la pupila, me preparo para el miedo, que a veces no viene y a veces es una mano gigante agarrándome por el torso, y sentándome en la vereda, y obligándome a luchar por mi cuerpo y la descompresión de mis músculos y mi autonomía y mi control.

cuando quiero salir de mi casa me doy cuenta: esta no es mi casa, mi casa ya no es, hace tiempo que no es, pero aún este bastión para la recuperación de la que sí es mi casa tiene algo de sagrado, de santuario casi. pero qué tenue la protección que ofrece el santuario, qué vana la búsqueda.

mi casa murió en el tiempo, quedó atrapada en esa bruma que me ciega si miro para adelante y si miro para atrás.

mi casa: un perro pequeño pero noble y gritar con el pensamiento
gran
lobo
salvaje
mi casa: una coordinación de techos plateados y el conocimiento furtivo de que no caerán,
mi casa: mi gata arisca que me quiere, a pesar de mi negligencia, a pesar de mi torpe imitación de maternidad,
mi casa: la maternidad,
mi casa

el miedo crece con los metros, pero a veces no paraliza, y a veces me dicen construirás tu propia casa, elegirás los colores de sus paredes, verás crecer sus plantas, construirás tu propia casa y ya no tendrás miedo.

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Los tigres de la luna

construyeron una atmósfera en la luna, digamos, construyeron paredes y las techaron y adentro pusieron aire. aire que sirve para respirar, aire que sirve para habilitar lo que también habría sido mi objetivo y por eso lo entiendo, lo respeto, lo agradezco incluso: aire que sirve para que ahí vivan los tigres. se llevaron a los tigres a la luna. los metieron en su atmósfera manufacturada, y pusieron otras cosas, todas las que los tigres (tres mil tigres) necesitan para que la diferencia no les moleste. no alcanza con que nadie los mate para vender sus pieles o su sangre o sus colmillos, los tigres necesitan también comida, por supuesto, pero no sólo la comida sino haberla matado.

¿muere de causa natural un jabalí cuando lo destroza un tigre? ¿es antinatural la muerte si la causa el instinto? ¿sería antinatural ceder a mi propio instinto y entregarme al tigre?

llevaron también algunas presas a la luna. hice todo lo que pude, expliqué que lo había sabido siempre, que lo había decidido, también, en algún punto, que estoy cuerda y sólo quiero completar mi vida tal como la vi completa en todos mis sueños los últimos veinte años, que ellos, y no yo, habían aunado los factores imposibles de mi muerte y que ahora ya no valía echarse atrás; los vi alejarse con los ciervos y los jabalíes mientras gritaba mi envidia, mi hondísima envidia, y moría de tristeza mientras esos animales vacíos, en el espacio y acechados por tigres, morían mi muerte.

¿

(otra versión de lo mismo)

un seseo recorre mi cuerpo cuando cierro los ojos. no aprendí la palabra sinuoso hasta años después
pero ya había leído harry potter.

un universo léxico hermoso representado por esa serpiente indigna en una pecera. una frase ominosa, saliendo orgullosa de un hombre blanco ficticio:
le sacamos
el veneno

¿qué proceso puede desarmar así la naturaleza?
¿qué hace el hombre con las armas robadas?
y otra ficción se deposita inalámbrica en mi ilusión de siete años:
ciento
cincuenta
pesos

escuchamos después:
no puede ser

la cifra podía haber sido un millón de veces la misma. sólo significaba lo que también significa su ausencia:
NO.

me quedan escasísimos seseos. me sumerjo en otros universos sibilantes: habrá senderos sinuosos, en sonidos o en sueños.
de bífido, nada.

Dos hombres en Győr

En el fondo del pozo había dos hombres húngaros.
Uno, muerto; solo retorciéndose por alguna maquinaria macabra del universo y quizás solo para este momento y esta confusión: el otro, vivo, se parece tanto al muerto que se disipa la conciencia de que son entidades diferentes, identidades separadas con la fatal capacidad de estar en puntos distintos del espectro vivo-muerto que, a su vez, podría en realidad ser una contrastación binaria y sencilla más que un espectro propiamente dicho, aunque puede discutirse que el muerto no estaba tan muerto aun sin estar vivo, y que el vivo no estaba tan vivo sin aun estar muerto.
Pero un poco vivo, sí. Un poco vivo, vivo como para saber que tendrá que rezar gracias por parecerse al no tan muerto y por haber sido unido y confundido en algún nivel con otra entidad y por habérsele obligado a una paridad intrínseca con el no tan muerto; todo esto para permitirle minutos más en que escribiría

4. La paciencia florece así, con la muerte

Y firmaría Radnòti antes de morir y olvidarse del asunto.

Carta a la comisión directiva

Sres. de la comisión directiva,

Presente. Con motivo de su solicitud de revisar nuestra unidad en busca de humedades, mohos, hongos u otros tipos de cosas desagradables, evalúo:

A primera vista mi balcón está bien. Yo lo reviso los días lindos, me paro ahí porque tiene más o menos justo el ancho de mi pie descalzo, y miro como para avenida italia y cuento autos de algún color en particular, o trato de sacarle fotos a la paloma que se para en la reja del balcón del 502, pero soy lenta con el foco y cuando obturo ya es muy tarde. A veces también me siento, corro algunos muebles para sentarme adentro y colgar los pies por las rejas. Así leo o tomo café. El balcón no ha cedido, y aunque cualquiera de estas actividades mencionadas ocupa mi atención de forma más bien embelesante creo que no dejé de notar humedades, hongos u otras inconveniencias, es decir que creo que no las hay.
La ventana sureste sostiene el aparato que va afuera del aire acondicionado, y la uso frecuentemente para ver el triángulo de mar que se me permite desde la habitación menos fría del apartamento. Una vez limpió su alféizar el joven del noveno y sobre eso escribí bueno y abundante. Desde entonces está limpia o como él la haya dejado. Sin humedades. Sin hongos.
El cuartito donde colgamos la ropa es un vórtice hecatómbico donde no encontramos nada y perdemos todo. Los palillos del asuntito en el que se cuelga la ropa interior se le salen y molesta. So sé atrás del lavarropas, pero tampoco veo humedades.

Con motivo del motivo de su solicitud de revisar nuestra unidad, comento:

El otro día cuando en la reunión de propietarios la señora del 700 algo nos contó su historia rara de la mano de su abogado yo me puse a pensar en las humedades. Me fijé las que quieren ustedes que me fije, como reporto arriba, pero encontré muchas de esas que la señora tiene y son las que, opino, generaron las que tiene su casa. Hay que ventilar las habitaciones de la mente, pensaba yo mientras ella decía con su curioso acento que no entraba al cuarto de su madre muerta desde que murió, há siete u ocho años. Cómo sorprenderse al encontrarla húmeda y mohosa, me pregunto, y me respondo inmediatamente: es fácil olvidar las habitaciones de la mente. Se cierra una puerta y si se cierra con suficiente delicadeza y cuidado, o fuerza y desprecio, y si uno después de eso se concentra y la sella con lágrimas o rabia, la olvida.
Eso le pasó a la señora, pero su mente debe ser fuerte, tan fuerte que la hizo olvidarse de una puerta de verdad, que veía todos los días, enfrente a la cocina, capaz parada tomando el café miraba la puerta y no la veía, capaz acariciaba el pestillo en un acto inconciente. Ahí adentro escondió a su madre, y su madre, sin dudas, no quiere estar escondida. A los muertos no les gusta que los escondan.
Esto pensaba yo mientras discutía el abogado con las tesorera si debían o no pagar los fondos comunes ese arreglo si la señora no había mirado esa habitación en años. Los muertos no quieren que los guarden y los olviden, entonces golpean como pueden. Algunos muertos no molestan, otros están encerrados y están enojados y molestan para que los liberen. “Soltame” es mil escritos, en mi caso, mil horas llorando, en otros, mil millones de honguitos asquerosos atrás de una puerta cerrada, en este. No sé quién tiene que pagar la liberación de ese muerto.
El abogado es un gesto un poco impertinente. ¿Qué quiere decir? ¿Que no es su culpa haber torturado a sus fantasmas, que es culpa nuestra, de los demás, por no ir y decirle libere a sus muertos señora libérelos señora libérelos y libérese? ¿Que la pared debería haberse construído a prueba de rencores fantasmas? Yo creo que significa que la señora piensa que alguien tiene que reembolsarle a su madre. Es de España, capaz en España se hace así. Acá no nos reembolsan los muertos, y menos cuando duraron tanto como esa señora, que si era madre de esta tenía por lo menos su edad al morir, o algo así.

La reunión ya me estaba aburriendo y yo me había olvidado de mi punto: encontré humedad y moho en habitaciones de mi mente. Mi mente es joven y creo que con vinagre, agua jane y un poco de aireo se soluciona, pero quizás quieran ustedes hacer algo al respecto, digo, con los fondos que construyen con los aportes mensuales que pago en los gastos comunes.

 

Se despide sin más, atentamente,
Carolina Silva, unidad 503

Bachino ’99

Llego años después del presente, cuando su paso solo se intuye. Reviso sus rastros, levanto detalles olvidados como la limpieza después de un huésped en un hotel. Pero no lo limpio: lo escruto, lo evalúo, lo atesoro, lo idolatro, lo lamento, sobre todo, lamento su paso tan anterior al mio, de tan distintos criterios, de tan reprochables motivos. Llego tarde pero me aseguro que llego mejor. Llego a corregir ese presente demorado y por un instante olvido que no llego tarde sino detrás, que ni siquiera llego, que recorro una estela por desvanecerse, una imagen horriblemente estática y bastante ajena, que para influir, para tocar y mover y causar mejores destrucciones debería correr, correr, correr y correr o despertar de esta estasis monstruosa, deshacer esa maldición de costa dulce, rehacerme menos impresionable, alcanzar al tiempo que ya no sé por dónde va pero lo adivino en parpadeos, al tiempo que sigue como queriendo obedecer a una versión de mí infante y tirana que solo una vez dio instrucciones y ya nunca puede ser complacida.

Llego con el pasado, o soy el pasado que llega.

Bentura

bentura

(con ilustración de Sofía Teperino, para la colaboración de Rosado Dulce y Fobia)

Cuando Marcelo puso una tarántula en la pecera grande del pasillo, en junio o julio del 2003, yo empecé a ir más a su casa. No era la araña lo que me hacía volver sino el jovial encanto con que me enseñó, sin darse cuenta, a mirar correctamente un animal. Alguna vez le metimos cucarachas y miramos fascinadas, Manuela y yo, claro, fascinadísimas y asqueadas esa coreografía repugnante. Sabíamos que presenciábamos un pequeño milagro, o lo intuíamos; obligábamos a nuestros párpados a seguir retraídos mientras las más artificiosas de las ocho patas recorrían y jugaban y preparaban el ritual servil.
La tarántula fue otros animales, eventualmente. Supe de peces, de tortugas, de algún anfibio pequeño y, una vez, aunque ya en pretérito y demasiado tarde, de una nutria; hubo perros y gatos, pájaros y períodos de inactividad.
Pero nunca en la retahíla salvajista de mi padrino y su familia se mencionó una víbora, y acaso eso despertó mi obsesión particular.

– ¿Se puede tener una víbora? -pregunté, probablemente, alguna vez.
– Sí.
– ¿Cualquiera?
– Algunas son venenosas, y algunas son demasiado grandes.
– ¿Y qué comen?
– Ratas.

Este diálogo quizás reemplace investigaciones más torpes o recolecciones harto más espóradicas y falibles. La verdad es un secreto enterrado entre neblinas oníricas y la sencilla degeneración que trae el tiempo. La calle Cisplatina se recorre por mi pasado cabizbajo que piensa en serpientes, serpientes en peceras, serpientes sometidas a un proceso bochornoso de remoción de veneno, serpientes algo indignas ahora aunadas para siempre con los suelos multiformes de mi infancia. Se cierne en mi imaginación un hombre orgulloso, blanco, inmaculado, sonriendo por haberse probado capaz de desarmar la naturaleza y guardar las armas en pequeños frascos; convierto al veterinario en una figura ominosa, mezclando sustancias de viales entre humos de colores y olores que insinuan peligro y maldad.
Y pienso: ¿seré yo, querré ser yo, la causa de este maquinario mutilante, de esta transformación triste de serpiente en pantomima?

No.
No, Manuela, olvidemos esta historia.