Bentura

bentura

(con ilustración de Sofía Teperino, para la colaboración de Rosado Dulce y Fobia)

Cuando Marcelo puso una tarántula en la pecera grande del pasillo, en junio o julio del 2003, yo empecé a ir más a su casa. No era la araña lo que me hacía volver sino el jovial encanto con que me enseñó, sin darse cuenta, a mirar correctamente un animal. Alguna vez le metimos cucarachas y miramos fascinadas, Manuela y yo, claro, fascinadísimas y asqueadas esa coreografía repugnante. Sabíamos que presenciábamos un pequeño milagro, o lo intuíamos; obligábamos a nuestros párpados a seguir retraídos mientras las más artificiosas de las ocho patas recorrían y jugaban y preparaban el ritual servil.
La tarántula fue otros animales, eventualmente. Supe de peces, de tortugas, de algún anfibio pequeño y, una vez, aunque ya en pretérito y demasiado tarde, de una nutria; hubo perros y gatos, pájaros y períodos de inactividad.
Pero nunca en la retahíla salvajista de mi padrino y su familia se mencionó una víbora, y acaso eso despertó mi obsesión particular.

– ¿Se puede tener una víbora? -pregunté, probablemente, alguna vez.
– Sí.
– ¿Cualquiera?
– Algunas son venenosas, y algunas son demasiado grandes.
– ¿Y qué comen?
– Ratas.

Este diálogo quizás reemplace investigaciones más torpes o recolecciones harto más espóradicas y falibles. La verdad es un secreto enterrado entre neblinas oníricas y la sencilla degeneración que trae el tiempo. La calle Cisplatina se recorre por mi pasado cabizbajo que piensa en serpientes, serpientes en peceras, serpientes sometidas a un proceso bochornoso de remoción de veneno, serpientes algo indignas ahora aunadas para siempre con los suelos multiformes de mi infancia. Se cierne en mi imaginación un hombre orgulloso, blanco, inmaculado, sonriendo por haberse probado capaz de desarmar la naturaleza y guardar las armas en pequeños frascos; convierto al veterinario en una figura ominosa, mezclando sustancias de viales entre humos de colores y olores que insinuan peligro y maldad.
Y pienso: ¿seré yo, querré ser yo, la causa de este maquinario mutilante, de esta transformación triste de serpiente en pantomima?

No.
No, Manuela, olvidemos esta historia.

 

 

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