Dos hombres en Győr

En el fondo del pozo había dos hombres húngaros.
Uno, muerto; solo retorciéndose por alguna maquinaria macabra del universo y quizás solo para este momento y esta confusión: el otro, vivo, se parece tanto al muerto que se disipa la conciencia de que son entidades diferentes, identidades separadas con la fatal capacidad de estar en puntos distintos del espectro vivo-muerto que, a su vez, podría en realidad ser una contrastación binaria y sencilla más que un espectro propiamente dicho, aunque puede discutirse que el muerto no estaba tan muerto aun sin estar vivo, y que el vivo no estaba tan vivo sin aun estar muerto.
Pero un poco vivo, sí. Un poco vivo, vivo como para saber que tendrá que rezar gracias por parecerse al no tan muerto y por haber sido unido y confundido en algún nivel con otra entidad y por habérsele obligado a una paridad intrínseca con el no tan muerto; todo esto para permitirle minutos más en que escribiría

4. La paciencia florece así, con la muerte

Y firmaría Radnòti antes de morir y olvidarse del asunto.

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Bentura

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(con ilustración de Sofía Teperino, para la colaboración de Rosado Dulce y Fobia)

Cuando Marcelo puso una tarántula en la pecera grande del pasillo, en junio o julio del 2003, yo empecé a ir más a su casa. No era la araña lo que me hacía volver sino el jovial encanto con que me enseñó, sin darse cuenta, a mirar correctamente un animal. Alguna vez le metimos cucarachas y miramos fascinadas, Manuela y yo, claro, fascinadísimas y asqueadas esa coreografía repugnante. Sabíamos que presenciábamos un pequeño milagro, o lo intuíamos; obligábamos a nuestros párpados a seguir retraídos mientras las más artificiosas de las ocho patas recorrían y jugaban y preparaban el ritual servil.
La tarántula fue otros animales, eventualmente. Supe de peces, de tortugas, de algún anfibio pequeño y, una vez, aunque ya en pretérito y demasiado tarde, de una nutria; hubo perros y gatos, pájaros y períodos de inactividad.
Pero nunca en la retahíla salvajista de mi padrino y su familia se mencionó una víbora, y acaso eso despertó mi obsesión particular.

– ¿Se puede tener una víbora? -pregunté, probablemente, alguna vez.
– Sí.
– ¿Cualquiera?
– Algunas son venenosas, y algunas son demasiado grandes.
– ¿Y qué comen?
– Ratas.

Este diálogo quizás reemplace investigaciones más torpes o recolecciones harto más espóradicas y falibles. La verdad es un secreto enterrado entre neblinas oníricas y la sencilla degeneración que trae el tiempo. La calle Cisplatina se recorre por mi pasado cabizbajo que piensa en serpientes, serpientes en peceras, serpientes sometidas a un proceso bochornoso de remoción de veneno, serpientes algo indignas ahora aunadas para siempre con los suelos multiformes de mi infancia. Se cierne en mi imaginación un hombre orgulloso, blanco, inmaculado, sonriendo por haberse probado capaz de desarmar la naturaleza y guardar las armas en pequeños frascos; convierto al veterinario en una figura ominosa, mezclando sustancias de viales entre humos de colores y olores que insinuan peligro y maldad.
Y pienso: ¿seré yo, querré ser yo, la causa de este maquinario mutilante, de esta transformación triste de serpiente en pantomima?

No.
No, Manuela, olvidemos esta historia.

 

 

Animales menores

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mi hermana me muestra un subsuelo olvidado y disimula un agujero en el suelo que yo evito en el instante previo a caer. la confronto. me sujeta por los hombros y estamos en otro evento infausto; mi cama es la de afuera, y llueve, llueve, y mi cama está mojada, y adentro hay una cama seca pero mi hermana no me deja tenerla, y me tiene por los hombros mientras recuerdo mil y una escena de desdén, y mi cuerpo pesa, se mueve como sumergido cuando intento golpearla, cuando intento por enésima vez -me sé la rutina de memoria- golpearla, herirla, alejarla, romperla, matarla. Bajo el agua los golpes son imposibles pero en la vigilia, la exacta, ineludible vigilia, el golpe es mi puño impreso en la pared. recobro la conciencia con lentitud y al mirar mis nudillos veo que este no es el primer golpe. hay sangre en mi mano, y hay sangre en la pared.

otro día que empieza igual.

pero se siente ligeramente peor: mi cuerpo se mueve infatigable dentro de mi cuerpo, mis piernas quieren salirse de mis piernas. son las 4:36. mis manos me tiran del pelo, mi talón derecho hurga con fuerza en mi pierna izquierda que ya, también, sangra. mis mandíbulas marcan el ritmo de mi cuerpo. busco detenerlas con la mano sangrante, muerdo y agrando las heridas mientras veo por momentos la escasa luz de la habitación, por momentos la nula luz de la cara interna de mis párpados. espasmódica, muevo sin fin mis extremidades y estiro mi cuello y abro la boca como soltando un rugido salvaje, quiero ser un animal salvaje y devorar mi cuerpo y deshacerme de este vehículo defectuoso y morder a mi hermana como fuera del agua, como un animal seco y caliente con colmillos de marcas brillantes entre restos de fibras de animales menores y menos poderosos y menos dignos. como nos enseñaron.
pronto descubro la forma de mover el dedo gordo del pie de modo que genere un calambre ácido y punzante en toda mi pierna, y lo mantengo hasta que el dolor se vuelve parte del cero, y busco un calambre nuevo, y el dolor intenso se lleva la energía restante de mi cuerpo. mi cuerpo, como yo, se concentra en doler, y finalmente vuelvo al sueño.

finalmente vuelvo bajo el agua pesada y vergonzosa que me mantiene subyugada a animales menores, y menos poderosos, y menos dignos. como nos enseñaron.

Un perro

Quiero un perro.

Cualquier perro, un perro que no entienda pero sospeche que no es un perro sino cualquier perro, que me chupe las manos y me mire con sus ojos de perro y me quiera sin saber que pierdo tiempo desde los diecisiete años. Un perro que no sepa qué son diecisiete años ni qué se supone que se hace cuando se terminan.

Un perro que no entienda que ese día que estuve inmóvil por veintiséis horas fue un intento fallido de dejarlo solo, solo con los otros perros y los otros animales y las otras personas. Un perro que nunca sepa que me quise rendir. Que me rindo a diario.

Que no entienda el estudio, las letras, la lingüística, las faltas o la puntualidad. Que se alegre cuando un miércoles de quince a dieciocho pueda calentarme el esternón con su cabeza peluda en lugar de sentarse cerca de la puerta casi que logrando acuñar el concepto de ausencia.

Un perro al que pueda hacer feliz con mi quietud exagerada, que no sepa que las líneas rojas en mi muñeca no son parte natural de mi anatomía, pero que entienda de ser amado y más que nada que entienda de amar.

Un perro que no me compadezca cuando otra vez rompí mi vida, que no sepa que alguna vez él no lo fue todo, que no conozca a quienes perdí y a quienes escondí y a quienes me escondieron. Pero quiero ser, para el perro, remplazable. Que el perro no me obligue a ser yo, que el perro no me presione cuando mi identidad flaquea. Que el perro no entienda qué hay adentro del cuerpo.

Un perro, digamos, que me quiera a mí y no quiera tanto a otros porque yo sé dónde le pica, porque yo tengo el olor mustio y salado de la costumbre.

El demoledor (o El sueño del niño y el huevo)

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A veces, cuando me encuentro adormilada, se presentan ante mí todas las cosas que podrían ser, podrían haber sido, serían reales. En mi edificio vive una señora gorda que pasea su perro gordo a todas las horas del día y de la noche, y ella podría quizá ser yo. En mi edificio hay un hombre que habla sin cesar sobre su estado en la lista de espera para un transplánte de riñón, y él podría ser yo. En mi edificio hay una señora que nunca vi sino en la puerta, sujetándola a veces para niñas, a veces para niños, siempre vistos desde mi altura como coloridos pompones que atraviezan el pallier, y ella, o ellas, o ellos, podrían ser yo.
Cuando me encuentro en el limbo entre la vigilia y el sueño, ese sueño farmacoinducido en el que soñar, en sí mismo, es, ¿precisamente?, casi una imposibilidad, siento a mi cuerpo entumecerse y a mis ojos voltearse hacia atrás. No veo nada, mi cara se tensa, mi cuerpo no responde porque se apaga.

Una vez soñé, no sé cómo, una vez soñé con rebeldía que el mundo era una carrera de obstáculos cuyo final era una extensa playa de arena anaranjada y cielo violeta llena de mil millones de militares negros con trajes duros y oscuros y armas prepotentes. Los obstáculos eran de muchas naturalezas: únicos, repetidos, fáciles, mamíferos, temporales, difíciles, incorpóreos, meramente retóricos, sencillamente imposibles. Del camino recuerdo los colores purpúreos y mi compañía, un niño que custodiaba afanoso un huevo infértil. En la playa el niño entendía su huevo y la decepción lo maduraba, visiblemente lo maduraba, lo convertía en un hombre fornido y mayúsculo que se iluminaba de repente y me hablaba de las fases de la muerte, las fases diastráticas de la muerte. Juntos burlábamos algunos de los guardias sin darnos cuenta de la ridícula facilidad con que se nos presentaba la tarea. Al entrar a la carpa donde se hayaba sentado el más alto rango nos enteramos de que todos ellos respondían a mis órdenes, y que sólo una palabra mía enviaría a mi amigo al fondo del mar. Di la palabra, pero la di doble, y pronto uno de los soldados me levantaba por las piernas y gritaba “we have to send her back home” mientras me tiraba al océano y mi amigo y yo caíamos al mismo tiempo en la profundidad azul. Una fase de la muerte, me decía él, una accesible, una que, por suerte, es un privilegio compartido. Quizás en ese momento me enamoraba de mi amigo y entendía que él, como su huevo, no perduraría. Caminamos bajo el agua hasta una breve ciudad que entraba entera en mis ojos y vigilaba un abismo eterno. El abismo era la entrada a la siguiente fase de la muerte, una a la que mi amigo no tenía derecho a entrar. Yo no me cuestionaba la naturaleza o la razón de mi privilegio; dejaba a mi amigo en la ciudad sola y sumergida y saltaba.

La vida minuciosa

Me llegó un mail de un hombre que había conocido a mi madre. Decía que recién se había enterado de que yo y mis hermanos existíamos y que perdonara el atrevimiento que podía significar mencionármela. Que él había sido su amigo, que quería mostrarme algo.

La dirección en Reducto que me pasó resultó ser un corazón de manzana al que se accedía por un pasillo largo y despojado adyacente a una casa que se sentía monolítica y que tenía una ventana atrevida en la medianera. Era un día amplio, silencioso y gris.

Golpeé la puerta y en pocos segundos el hombre me abrió. Era alto, más alto que yo, pero no lo aparentaba. Se veía dócil e increíblemente lento. Cuando me vio, sus ojos refulgieron y su boca se torció en una mueca que no supe identificar. Pasé.

– La belleza de tu madre estaba en su porte -me dijo mientras hervía agua para hacerme un café-. No todos se daban cuenta.

Yo ya había escuchado esto. Mi madre era pálida, más flaca de lo que era saludable y tenía ojos como de pez que la hacían ver constantemente asustada. Muchos ya se habían comunicado conmigo, a lo largo de los años, porque la habían conocido, porque se habían enamorado, porque creían que era muy triste que mis hermanos y yo no hubiésemos podido conocerla.

Mientras él estaba en la cocina miré alrededor. Era un apartamento triste y vacío, a pesar de una enorme cantidad de plantas y flores que había dispuesto en el piso, pintando toda la zona del suelo a la que en algún momento del día tocaba el sol. Había espacio entre los grupos de macetas, formando caminos angostos que permitían recorrer el pequeño arboretum. No todas eran plantas de interior, pero todas estaban bien cuidadas. Además de ese curioso reemplazo de jardín había algunas estanterías con pocos libros, un teléfono, un televisor. Todo impregnado de la más áspera sensación de soledad.

Me contó que mi madre y él habían coincidido en una pasión adolescente por la jardinería, y que en el año 85 se habían conocido en un curso gratuito para aficionados. Calculé que mi madre debía estar en cuarto o quinto de liceo. Se hicieron amigos prontamente porque, si por nada más, eran los únicos del grupo que eran jóvenes. Acaso no tuvieron opción (dice soltando una risa torpe).

Lo que me quería mostrar era un álbum de fotos. Después de la jardinería, me cuenta, incursionó en la fotografía. Quería hacer retratos. Había tomado algunas fotos de mi madre pero, quiso el tiempo, dice, una serie de mudanzas y desórdenes en cajas y fletes le impidió revelarlas hasta años después, cuando su vínculo con mi madre había caducado y mi padre, intimidante, territorial, ya había aparecido. Así que las guardó, en un álbum que nunca movió de su lugar visible en una estantería y que se volvió un poco más sagrado cuando escuchó la noticia de su muerte. Mientras se paraba para alcanzármelo me dijo, con solemnidad, que lamentaba mi pérdida.

El álbum era el amarillo de kodak que las casas de fotografía regalaban con el revelado. Tenía más fotos de las que podía contener, debían de ser al menos sesenta y cinco o setenta.

Y eran todas iguales. La misma foto, en blanco y negro, impresa una y otra vez. La misma foto: mi madre, acostada, sólo sus hombros y su cabeza dentro del encuadre, de ojos inmensos, de boca entreabierta. Casi en penumbras. Casi intuído el azul de sus ojos y un rojo vago en sus labios. La primera de las fotos estaba escrita, a modo de carátula. “La vida minuciosa”, decía.

Tragué saliva. Me inquietaba la insistencia de las fotos, las setenta fotos idénticas o setenta versiones de la misma foto sobre mi regazo, el hombre estudiando cuidadosamente mi reacción.

Setenta veces mi madre, apilada en mis rodillas.

Le agradecí la invitación, llevé mi taza a la cocina y le dije que me tenía que ir. Asintió con gravedad y, mientras caminaba detrás de mí, en fila india por entre sus flores apenas abiertas para recibir una luz esquiva, murmuró:

– Te parecés a ella, pero no tenés sus ojos.

Y me fui.